Side, 1928

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A Imogen Cunningham se le reconoce haber desarrollado el estilo ambiental relajado en la creación de retratos. Sentía fascinación por lo que hace única a cada persona, los detalles que nos hacen a todos diferentes. Las líneas geométricas del cuerpo y las formas sensuales definidas por la iluminación y la composición.

 

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El desnudo de los cuerpos humanos se ve dado la vuelta cuando se mira desde la cámara de Imogen Cunnigham. El ojo vivo, despierto y transecular de una de las más grandes artistas del siglo XX americano fue capaz de mostrar el carácter atributivo que en realidad tiene el despojo de la ropa y, figurativamente, de todo aquello que nos pesa, condiciona y prejuzga.

Los cuerpos que nos muestra quien supo elevar la fotografía a una de las grandes categorías de las Bellas Artes, se expresan en toda su fuerza y esencia precisamente porque están desnudos, porque no hay añadidos. En esta serie de fotos, la supuesta vulnerabilidad vinculada al desnudo humano desaparece de manera aún más obvia cuando los cuerpos que retrata Cunningham se incluyen en el paisaje de la naturaleza abierta y libre, como en Roi On The Dipsea o Helena Mayer, Canon de Chelly 5.

Aquí no hay disfraz. Cunningham capta con la cámara el cuerpo como la forma que tiene el ser humano que lo habita, su mirada no es obscena y tampoco objetiviza al sujeto; más bien al contrario, la fotógrafa consigue que el desnudo deje de verse en negativo, que no sea la cualidad descriptiva del cuerpo desprovisto de algo. El carácter de los cuerpos de Cunningham es atributivo. Ella supo verlo como lo vieron los griegos; sus atletas desnudos no sólo hacían alarde de músculo sino también de valores e ideales, vinculando la perfección con la que mostraban sus cuerpos al triunfo y a la excelencia moral. Y por eso las fotos de esta exposición nos llevan necesariamente a pensar en la escultura clásica, y en sus gimnastas (palabra que deriva del griego gymnos, y que significa precisamente desnudo).

Pero aunque los cuerpos que fotografía Cunningham sean cuerpos tan bellos que nos parecen perfectos, en realidad no todos son musculadas siluetas de atletas. El truco de su belleza resida quizá no solo en su técnica y arte fotográficas sino también en la relación de la artista con sus modelos. Cunningham tan sólo pagó a una modelo una vez en su vida, muy al principio de su carrera. El resto de sus cuerpos desnudos son de amigos y familiares y ese vínculo se percibe en las fotos.

Pero quizá el aporte más significativo de la manera de concebir el desnudo por parte de Cunningham es su tratamiento transgénero, que supone un avance importantísimo en la historia de la fotografía artística y del arte en sí mismo. En su día algo que azuzó el fuego de la polémica de los desnudos de la americana fue el hecho de que fuera una mujer mostrando en su obra cuerpos al natural tanto de hombres como de mujeres y que lo hiciera con igual visión.

El desnudo tiene mucho que ver con el contexto y la intención, y la fotógrafa estadounidense supo revelar a sus compañeros y al mundo que en el arte el cuerpo de la mujer no tiene por qué ceñirse a sugerir sexualidad, representar divinidad o simbolizar procreación. Imogen Cunningham pone de manifiesto algo aparentemente muy sencillo con fotos como Martha Graham 35 o Triangles, y es que el cuerpo de la mujer es un envoltorio más de un ser humano. Y esta afirmación fotográfica y filosófica tan profundamente transgresora –no olvidemos que nos movemos en la primera década del siglo XX- es de una fuerza que en sí misma le valdría a la autora el puesto que ocupa en la fotografía con mayúsculas. Si le añadimos la excelencia técnica y artística de sus concepciones fotográficas terminaremos de entender por qué Imogen Cunningham es uno de los grandes nombres del arte del último siglo.

Formato
26,67 cm x 33,65 cm
Técnica
Copia Platino

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